Agresividad, verticalidad

El juego de toque, con posesiones largas, sin más, puede ser un bonito espectáculo, pero sin premio. El equipo debe ser mucho más agresivo,, vertical, sin renunciar al estilo canario de rasear el balón, mimar el balón, recrearse en el juego. Los ingredientes para obtener buenos resultados son agresividad, verticalidad, determinación, intensidad, condición física y técnica. Son ideas fijas que deben asimilar todos los jugadores.                     Agresividad supone estar encima del contrario, no dejarle respirar.

Verticalidad es imprimir velocidad en los ataques o contras con la meta contraria como único objetivo.

Determinación es saber decidir qué hacer, qué mejor elección adoptar: salidas del portero, abrir a la banda, no enredarse en una conducción larga,…

Intensidad es imponer un ritmo alto, dosificando los tiempos de recuperación, desde el primer segundo hasta el pitido final del árbitro, aunque vayas venciendo por 0 a 4.

Condición física, base del trabajo de preparación de un equipo.

Técnica, es una mezcla de cabeza y pies. Es poseer dominio total del cuero, sin mirar abajo y tener la mente fresca para elegir siempre la mejor opción.

Anoche nos condenó un error garrafal en la salida, en un lugar del campo donde los fallos casi siempre se traducen en goles y pérdida de puntos ante un rival directo, que estaba noqueado. Creo que es evidente que el Spórting estaba a merced de la UDLP, que tenía el control del juego. Parecía, se intuía que podría llegar el 1 a 2. Había que ir a por el partido y en este sentido Juan Culio no era el futbolista indicado porque todos sabemos que ralentiza el juego, carece del sentido de la verticalidad. Otro fallo notorio es la obsesión de buscar el remate por el centro de una poblada defensa, incluso disparando a puerta desafiando la ley de la física, eso que llaman la impenetrabilidad de los cuerpos,porque Sergio Araujo ensayó disparos cuando había dos o tres asturianos muy juntos.

Se dice que se aprende de los errores. Nada más lejos de la realidad porque hemos cometido tantos y tan infantiles, que si hubiésemos aprendido de ellos, seríamos doctores o catedráticos. Dicho eso sin sorna.

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